lunes, 22 de septiembre de 2008

LA BATALLA DE LAS HISTORIAS REESCRITAS

No me moví de la cama el resto del día, pero el mundo entero estaba en el cuarto. Todos los acontecimientos de nuestra historia vivían en aquel pequeño espacio. Como dramas fantasmagóricos. ¿Es la historia la alucinación lívida del cuerpo? Dormí a través de las páginas marinas de muchos sucesos que me atormentaban y me agitaban en la cama. Los fantasmas de las consecuencias históricas vagaban por nuestra casa, en busca de sus destinos. Los rumores de la violencia y los débiles ecos de unos disparos reverberaban a través del suelo. Las guerras de liberación del continente se desarrollaban en nueve sitios distintos del techo. Y el Gobernador General, un inglés con un pólipo en la nariz, acababa de completar la destrucción de todos los documentos que pudieran incriminarlo y que tenían que ver con el país que pronto empezaría a existir. Al terminar, con su letra inclinada, se dispuso a reescribir nuestra historia.

Reescribió el espacio en que dormía. Reescribió los largos silencios del país, que en realidad eran sueños apasionados. Reescribió los mares y el viento, las condiciones atmosféricas y la humedad. Reescribió las estaciones y las hizo limitadas y nada líricas. Reinventó la geografía de la nación y de todo el continente. Redibujó el tamaño del mapa del mundo, lo hizo más pequeño y más extraño. Cambió los nombres de los lugares que eran más antiguos que los lugares mismos. Rediseñó la sonoridad de los nombres africanos, suavizó las consonantes, aplanó las vocales. Al alterar el sonido de los nombres, alteró su significado y alteró el destino de lo nombrado. Reescribió los nombres de los peces y las abejas, de los árboles y las flores, de las montañas y las hierbas, de las piedras y las plantas. Reescribió los nombres de nuestras comidas, de nuestras ropas, de nuestras casas y de nuestros ríos. Las cosas renombradas perdieron su antiguo peso en nuestra memoria. Las cosas renombradas perdieron su antigua realidad. Se hicieron más ligeras, más raras. Se divorciaron de su ser anterior. Perdieron su significado y a veces su forma. Y de pronto nos parecieron nuevas, nuevas a nosotros, que les habíamos dado los nombres por los que, a nuestro tacto, respondían.

Atrapado en su objetividad apasionada, el Gobernador General hizo que nuestra historia se iniciara con la llegada de su pueblo a nuestras costas. Con su camisa de algodón holgada y empapada en sudor, se convirtió él mismo en un personaje de cuento de hadas que despertaba a hombres de la edad de hierro de un sueño inmemorial, un sueño que empezaba poco después de la creación de la humanidad. El Gobernador General, al reescribir nuestra historia, nos privó del lenguaje, la poesía, los relatos, la arquitectura, las leyes cívicas, la organización social, el arte, la ciencia, las matemáticas, la escultura, la concepción abstracta y la filosofía. Nos negó la historia, la civilización y, sin pretenderlo, también nos negó la humanidad. Inconscientemente, nos borró de la creación. Y entonces, algo desconcertado al darse cuenta de adónde le había llevado su lógica implacable, logró la notable hazaña de infundirnos la vida en el momento exacto en que sus ancestros posaban la mirada en nosotros, que habíamos dormido a lo largo de la gran rueda del tiempo histórico. Con un trazo de su espléndida caligrafía, nos infundió la vida. La historia llegó a nosotros con su toque prometeico, y su pluma rozó nuestras almas adánicas. Él nos despertó a la historia, aturdidos y desagradecidos, mientras daba otros nombres a los campos y a los valles, y se olvidaba del comercio de esclavos.

Reescribió nuestros espacios nocturnos, los hizo más raros, poblados de monstruos y absurdos fetiches; escribió nuestra luz diurna, la hizo más dura, logró que las cosas que se manifiestan a la luz del alba parecieran inacabadas e incluso no empezadas. Mientras lo hacía, plantó ante nuestros ojos las pruebas escritas de nuestro reciente despertar a la civilización de nosotros, que llevamos dentro los sueños antiguos y las revelaciones futuras. De nosotros, que empezamos a nombrar el mundo y todos sus dioses. De nosotros, que fertilizamos las orillas del Nilo con la palabra sagrada que dio origen a la primera y misteriosa de las civilizaciones, a la fundación olvidada de las civilizaciones. A nosotros, que con nuestras artes secretas hemos entrado silenciosamente en el torrente sanguíneo de las maravillas del mundo.

Y, mientras el Gobernador General reescribía el tiempo (hacía el suyo más largo y el nuestro más corto), mientras volvía invisibles nuestros logros, borraba las huellas de nuestras antiguas civilizaciones, reescribía el sentido y la belleza de nuestras costumbres, mientras abolía el mundo de los espíritus, minimizaba las proezas de nuestra memoria, convertía nuestras filosofías en burdas supersticiones, nuestros rituales en danzas infantiles, nuestras religiones en cultos animales, y trances animísticos, nuestro arte en bastas reliquias y formas primitivas, nuestros tambores en instrumentos poco serios, nuestra música en simple balbuceo, mientras reescribía nuestro pasado, alteraba nuestro presente. Y aquella alteración creaba nuevos espíritus que alimentaban el ilimitado apetito del gran dios del caos.

Mientras seguía ahí sentado, en su espaciosa oficina, con el retrato de la reina sobre su cabeza, mientras reescribía el destino (hacía el suyo más brillante y el nuestro más apagado), la vieja de la selva se daba para terminar de tejer nuestra historia verdadera, secreta, una historia terrible y maravillosa, sangrienta y cómica, laberíntica, circular, siempre cambiante, siempre sorprendente, con sucesos que convierten en señales y señales que se hacen realidad. La vieja de la selva codificaba los secretos de las plantas y sus infinitas propiedades curativas; codificaba el lenguaje de los espíritus, el discurso épico de los árboles, las líneas convergentes de importantes fuerzas telúricas, los usos curativos del trueno, las propiedades mágicas del rayo, las intersecciones de los mundos humano y espiritual, los delicados equilibrios de poderes invisibles, y la antigua fórmula para captar el inalterable movimiento del destino. Incluso codificó fragmentos del gran rompecabezas que el creador esparció por todos los diversos pueblos de la tierra, dando a entender que ninguna raza o pueblo podría contar con la imagen completa, con el monopolio de posibilidades últimas del genio humano. Con su magia, sugería que hasta que todos los pueblos se sepan, se conozcan y se amen los unos a los otros, no empezaremos a hacernos una idea de la imagen de ese inmenso rompecabezas o majestuoso poder. Esos fragmentos de la inmensa imagen de la humanidad eran las partes más fantasmales y hermosas del tejido de aquel día.

La vieja seguía descifrando el código para sí misma, pues había olvidado por completo que durante los cincuenta años que había pasado en la selva había inventado un lenguaje privado. Y con aquel lenguaje de signos y símbolos, de ángulos y colores y formas, había dejado constancia de leyendas y momentos de la historia perdidos para su pueblo. Constancia de chistes verdes de hacía mucho tiempo, de canciones que se cantaban mientras se bebía, de acertijos que nunca se habían resuelto, de descubrimientos matemáticos extrapolados de cuadrados mágicos, de las formas geométricas en la música y el arte, de los alineamientos armónicos entre la arquitectura y los grandes astros. Había dejado constancia de formas maravillosas de adivinación, mediante números y caracolas y signos, sistemas numerológicos para invocar a los dioses, y divertidas permutaciones de juegos infantiles a los que los reyes eran aficionados. La vieja de la selva dejó constancia de los avances en la música, un delicioso sistema contrapuntístico de compases y tonos, una música derivada de la armonía de los arroyos y el viento y del latido de la tierra y del vuelo de los pájaros, Dejó constancia de artes secretas que alargaban la vida, del significado del grito de los pájaros, del lenguaje de los animales, artes que permitían ver unicornios a plena luz del día, maneras de hablar a los espíritus de los ancestros, de los padres, de los hijos, de los amigos que han pasado al otro lado del espejo encantado de la muerte. Dejó constancia del significado místico de la fragancia de las flores, de las canciones del viento, de los cantos de la historia, de la música de los muertos, de las melodías de los intersticios, y de las artes para hacer el amor y engendrar gemelos, trillizos, niños o niñas. Dejó constancia de fragmentos de conversaciones que habían llegado flotando desde otros continentes. Dejó constancia de poemas orales de bardos famosos cuyas palabras habían entrado en la memoria comunal, cuyos nombres se habían olvidado a causa de su gran fama, pero cuyos verdaderos nombres habían quedado codificados en sus canciones. Dejó constancia de los improvisados poemas con métricas pautadas compuestos por las mujeres durante sus trayectos entre dos reyes. Dejó constancia de historias de mitos y disquisiciones filosóficas sobre la relatividad del Tiempo y el Espacio africanos, sobre la finitud y la infinitud simultánea del Tiempo, sobre las curvas del Tiempo, sobre los bailes del Tiempo, sobre el hecho de que el Espacio sea negativo, sea el hogar de los seres invisibles, y el verdadero destino de la muerte. Dejó constancia de teorías sobre el Arte y la Escultura, sobre métodos secretos para modelar el bronce, de la elaborada geometría y el simbolismo de la elongación de los rasgos humanos, descubierto por un antiguo escultor que pasó once días perdido en la selva y a quien asaltaron visiones del espíritu alongado de su padre, sentado en una esfera dorada. Dejó constancia de aspectos olvidados de descubrimientos meteorológicos, cálculos de distancias a estrellas desconocidas hasta entonces, y de incidentes astronómicos: la fecha de una explosión estelar, una supernova estallando sobre el sueño intenso de un continente, anunciando, según el adivino rey, una breve pesadilla de colonización, y un sorprendente renacimiento posterior.

en Riquezas infinitas, de Ben Okri