sábado, 18 de octubre de 2008

EL PUÑAL

En un cajón hay un puñal.
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Mellán Lafinur se lo dio a mi padre que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en su mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que lo espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal.
Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y formaron para un fin preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a Cesar. Quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
El puñal, de Jorge Luis Borges