lunes, 1 de diciembre de 2008

UN DIA SUBE Y LO ESCUCHAMOS

Al alimón el puente se había caído y había suficiente mierda en nuestro pequeño mundo como para ahogarnos todos. Nuestro hijo había dejado los estudios por la droga y el novio de mi esposa la golpeaba. Ahora acudía al astrólogo para mandar el suyo a componer.
Isaura había soñado que estaba en un pueblo campestre alemán. Era de noche y no tenía miedo. Ella, que le temía a la noche. De pronto vio en una casa, en una ventana grande e iluminada, unas zapatillas de baile. Eran rosado limón. Le gustaron mucho y entró. Tenía la alegría y la certeza de que le pertenecían, pero cuando las fue a tomar, despertó. No pudo, cogerlas, aunque seguía estando segura de que eran para ella. El astrólogo le dio su interpretación: "en medio la noche oscura del alma, la reina vislumbra lo que desea". Aborrezco presumir, pero yo habría podido decirle algo mejorcito. No obstante, ya no quedaba espacio para mis interpretaciones: el puente se había caído. Al alimón.
Su novio la golpeaba. De pronto llegaba con un pómulo morado, con la boca partida o hinchada. Con hematomas en las rodillas, como si la hubiesen empujado y hubiera caído. Por supuesto, ella se empeñaba en ocultarnos todo y el astrólogo no interpretaba nada al respecto. Sólo se empleaba a fondo en dedicármela. "La carta de ese hombre demuestra una gran confusión vital". "Representa un lastre para tu dharma". "Tu misión, Isaura, apartarte de él. Tiene un espíritu muy plano. Tú, por el contrario, eres un ser de luz". Mientras tanto seguía llegando con el rostro lleno de moratones y el astrólogo no se refería para nada al asunto. Un día no pude más.
─¿Te ha hablado el astrólogo acerca de tu problema vascular?
No respondió. Se limitó a devolverme una mirada de odio.
─En serio ─insistí─. ¿en que planeta, en qué casa tienes la salud que hasta el viento te produce hematomas?
Batió la puerta y se encerró en el baño. No podía responderme. El astrólogo era su novio.
Una noche advertí que se emperifollaba en el tocador. Su perfume impregnaba todo el apartamento. Supuse que su amante había venido a buscarla y bajé revolver en mano. No sé si era mi nariz, pero hasta en planta baja olía a Halston. A buen paso pero sigilosamente revisé la fila de autos que estaban estacionados frente a nuestro edificio. No sabía cual era el carro. Me había hecho la idea de que podía ser un Volkswagen azul claro, con la pintura cuarteada. Pero no. Él único ocupante entre todos aquellos vehículos estaba sentado detrás del volante de una Blazer roja. Cuando llegué a su ventana olí el humo de su cigarrillo. Fumaba tabaco negro. Lo miré atentamente. Tenía una dispendiosa barba blanca. Como la de Moisés cuando bajó del Sinaí. pero no se parecía a Moisés. Ni en la versión de Charton Heston ni en la de ningún otro. Más se parecía a cualquiera de los enanos de Blanca Nieves.
Ya estaba muy cerca de él cuando reconocí los acordes de una música familiar. En su radio sonaba Bartók. Béla Bartok. estuve a punto de retractarme. Lo mío siempre había sido Béla bartok.
─Buenas noches ─dije conmovido por lo que oía.
El tercio no me esperaba y se sobresaltó. Era rosado y obeso como un chanchito bebé.
─Apague el cigarrillo y cálmese. Sólo quiero saber qué oye.
Trató de serenarse y sonrió nerviosamente.
─Apague ese cigarro ─le ordené─. Huele a diablo.
Nerviosamente buscó y abrió el cenicero, pero algo como unas llaves sonó dentro de éste. Moisés apagó atropelladamente el cigarro contra la puerta del Blazer.
─Vas a dañar la pintuar ─comencé a tutearlo─. Y cálmate. Sólo me interesa saber lo que estás escuchando.
─Es la radio ─respondió.
─Sí, claro, pero ¿qué es? ─inquirí
─No sé... Mozart, Tchaikovsky, algo así.
Decepcionado saqué el revolver y se lo hundí entre las dos peludas cejas de duende.
─Perdiste ─dije contrariado.
Un cólito debió trabajarle el abdomen.
─No dispa-pa-re ─tartamudeó─. Por favor, no vaya a dispa-pa-rar. Sé quien es usted.
─Yo también sé quien eres, hijo de la gran puta ─dije separándole unos centímetros el cañón de la frente.
Las luces del edificio se reflejaban en la carita de cerdo. Se le había formado una marquita redonda y roja entre las gruesas y blancas cejas.
─No me ma-ma-te, por favor ─suplicó─. No me ma-ma-te.
─No lo haré ─dije sin bajar el arma─. Esta vez no lo haré. pero la próxima no te garantizo nada, mamón. Me explico: si Isaura vuelve con un golpe más, es decir, si vuelve a aparecerle un nuevo morado en el rostro o donde sea, lo que eres tú te mueres, maldito. Créeme.
─Se lo ju-juro, , se lo ju-ju-ro. No volverá a suceder.
Y mientras juraba se le dilataban enormemente las aletas de la nariz. Sudaba copiosamente. escuché unos tacones acercarse. Por la sobredosis de perfume supuse que era Isaura. Rápidamente me guardé el arma en el bolsillo del pantalón.
─Ahora disimula ─le dije─. Aquí no ha pasado nada.
─Cla-cla-ro ─dijo el astrólogo─. Nada.
Isaura llegó hasta nosotros.
─Con que se conocieron, ¿eh? ─dijo con su característico mal genio.
─Estábamos en eso ─respondí.
─Ha sido un palcer ─respuso él.
El hombre comenzó a sentirse a salvo. Sacó la mano derecha por la ventanilla y me la ofreció, al tiempo que ella, desdeñosa, daba la vuelta para montarse en al camioneta. Lo dejé con la mano extendida.
─Y no lo olvides ─dije en voz baja mientras ella daba un potazao ─otra manchita y te mueres.
─No-no, no se preocupe. No lo olvido.
Quiso conjurar el momento, pero lo único que consiguió fue enseñar sus dientes amarillos.
─Otra cosa.
─Diga ─sonrió diligentemente.
─Lo que estamos escuchando no es Mozart, Ni Thaikovsky, ni "algo así". es Bartók. Béla Bartók. Concierto para piano y orquesta No. 2. Tampoco olvides eso.
─Tampoco dijo entre solícito y emocionado─. No lo olvidaré. No lo olvidaré nunca.
─Me alegra ─dije─. Sube cualquier día y lo escuchamos.
─Lo haré ─dijo obsequioso─. Un día subo y lo escuchamos.

En Sólo quiero que amanezca, de Oscar Marcano