viernes, 29 de agosto de 2008

MEDELLÍN SE PARECE A CARACAS

La primera sorpresa para el que llega a Medellín es su aeropuerto. Está en las afueras de la ciudad y es nuevo, parece alemán. Atrás queda la pista desde donde despegó el avión que llevaba a Gardel y se fue al piso, como una patilla que se nos cae de las manos. Desde la carretera y a lo lejos se ven las casas de las haciendas: prósperas, hermosas y rodeadas de un verde intenso que desconoce la sequía.
Topográficamente, la ciudad donde escribe Jaime Jaramillo Escobar, es de las más parecidas a Caracas. Eso me gustó y me predispuso favorablemente hacia ella. También, debo reconocerlo, la gente que me invitaba era de una ambilidad absoluta. Desde el hotel divisaba buena parte de Medellín, incluso un lugar inquietante: la cárcel de Envigado donde pernoctaba Escobar Gaviria y sobre la que se urdían todo tipo de leyendas. Los dos días que estuve en la urbe de Fernando Botero fui llevado por los amigos entregados al afán de brindarme sus sitios: Darío Ruiz Gómez y Jaime Jaramillo Panesso. De un envión me acercaron a los bares donde aún oyen tangos, a los lugares donde se toma y se baila, a las mesas donde las parejas se miran a los ojos para que el mundo deje de existir. La violencia ha sido tanta que la gente hace del entusiuasmo de sus vidas la única llama encendida.
El culto a Gardel en Medellín es vigente. Es como si se sintieran culpables porque allí dejara de latirle el corazón al Morocho del Abasto. Jaramillo Panesso se esmeró en relatarme el origen de la aficción tanguera del antioqueño, pero transferirles las razones sería imposible en este espacio. Una trama de azares y pasiones individuales terminó por convertir al tango en un fervor colectivo. La explicación ocurría en una reproducción al natural de un "pueblo paisa" en un monte pequeño, casi en el centro geográfico de Medellín. Al concluir, mis amigos señalaron con sus dedos un barrio que subía por la ladera de un monte. Allí nacen la mayoría de los sicarios de Colombia, dijeron. Sentí un frío subir por mi columna vertebral hasta alojarse en la nuca. Todos aman a rabiar a sus madres y desconocen a sus padres, sentenciaron. Dan la vida por un par de zapatos, le venden el alma al diablo porque sus pies vayan por la calle mimados por las mejores gomas y los más aeróbicos cueros, expresaron apesadumbrados. Cerrado el paréntesis, seguimos embebidos en nuestras lecturas comunes y en la disección pormenorizada de un cineasta venezolano que veneran en Medellín: Román Chalbaud.
No he podido atender la invitación del Festival de Poesía de Medellín, pero me dicen que la asistencia es multitudinaria. No me imagino lo que ha debido sentir Dario Jaramillo Agudelo al leer ante siete mil personas sus poemas de amor. Esta es la respuesta más contundente que se le puede dar a la violencia. Siete mil personas que siguen, como dejando que las palabras lleguen hasta lo más adentro, la voz del poeta, la voz de la tribu. Echo de menos no haber podido hacer un alto y participar en este evento excepcional. Crecen a la par del festival las mejores revistas culturales. Me satisfizo una dedicada a problemas estéticos y filosóficos como el gusto que me dió saber que siguen las obras de Juan Nuño. Es un autor casi del patio al que apelan a diario en la universidad.
Medellí no fue ajena a lo que siempre percibo en Colombia: un abismo entre las clases sociales. Una burguesía ilustrada, formada en buenos colegios y coronada por sólidos establecimientos para la educación superior y, en la otra banda, el barrio que sube por la loma donde suben los sicarios. Nosotros no tenemos petroleo, me dicen los amigos cuando les comento estos abismos. Además somos tres países, me explican. El que da hacia el Caribe, que es igual al de ustedes, el que contempla el Pacífico, y el de los bogotanos. Los tres llevan sus cuerdas cada uno por su lado y a éstos se suma el de la guerrilla y el del narcotráfico. ¿Entiendes por qué la poesía llena un estadio?, preguntaron. Les dije que tenía la intuición de que los peores años ya habían pasado en Colombia. Nunca se sabe, respondieron a dúo y aligeraron el trago. Ya en la alta noche uno de ellos desarrolló una tesis atractiva: "Las fronteras son líneas que trazan los políticos para tener materia de discusión. A nosotros qué nos importa de dónde es alguien si coincidimos en placeres y demonios. A Borges la democracia le parecía una exageración de las estadísticas, a nosotros los límites de Venezuela nos parecen una veneración exagerada de la topografía".
Me fui por el mismo aeropuerto alemán por el que llegué. Aquel par de días en la capital de Antioquia fueron intensos e imborrables. Al cuaderno donde tomé notas en el hotel, le cayó encima un jugo de tomate y, sin embargo, se lee.
1991

en Imago Mundi, de Rafael Arráiz Lucca